domingo, 14 de marzo de 2010

El Camino - Miguel Delibes



No creo que pueda decirse que El camino sea la mejor novela de Don Miguel Delibes, me siento incapaz de elegir o de destacar una por encima de las demás, pero es para mí la más tierna y contiene todo el universo que más tarde definirá a lo largo de toda su narrativa.
Es una novela intemporal en el sentido de atrapar con sus personajes y una historia simple y sin elementos que la compliquen, a lectores de todas las edades desde que se publicó allá por 1950.
Daniel es un muchacho de once años al que su padre ha decidido mandar a la ciudad para estudiar. Deberá renunciar a su universo cotidiano, en el que es feliz, y que su padre considera mezquino, para hacerse un triunfador. Fluye suave pero sin pausa en un camino seguro desde que se plantea el viaje hasta que acaba esa noche de evocación. De alguna manera nos acostamos con un niño apenas y nos levantamos con un muchacho camino de la madurez.
En esta última noche recuerda su infancia, a sus amigos, anécdotas cotidianas de un mundo rural con una mirada de niño sabio que sabe que va a dejar esa forma de vida detrás y que se prepara con esta ultima rememoración , para adentrarse en un futuro desconocido. No tiene muy claro que esas cosas que pueda aprender en el larguísimo futuro que le aguarda el aporte nada útil.
Es en el fondo una novela coral en la que, de la mano de un chiquillo despierto,vamos conociendo a unos personajes que pueden ser arquetipos, pero que consiguen una individualidad y una solidez única.
Es enternecedora la relación de afinidad y de amistad que se establece entre los tres amigos tan dispares: El Mochuelo, el Moñigo y el Tiñoso, simplemente genial y delirante la construcción de las hermanas Guindillas, carismático el buenazo del cura,...
Los personajes van desfilando y quedando fijos en la memoria, hasta el punto de convertirse en seres tangibles que son evocados de vez en cuando por el lector mucho tiempo después de la lectura: ¿ qué habrá sido de Daniel?, nunca dude que acabaría su bachillerato y hasta su carrera, pero ¿volvería al pueblo por Maruca uca?, y ¿el Moñigo?, ¿ qué quedara de aquel duro paraíso rural en el que transcurre nuestra historia?.
Nos encontramos con la vida misma, con las obsesiones de las beatas, con el ansia de amor de la muchacha que siente que se le pasa la edad de merecer, con la preocupación de un cura por la moral de sus feligreses, la ambición y el sacrificio de un padre por el futuro de su hijo, los miedos de la madre, el compañerismo, el amor platónico y el real en la preadolescencia, las correrías y bravatas de los chicos de aquellos pueblos de antes de que la televisión y el progreso unificara los horizontes vitales. Todo ello descrito con un fino sentido del humor y de la tragedia. Entre la nostalgia y la melancolía, la sonrisa brota con frecuencia de las líneas y las situaciones, a veces algo absurdas y a veces tan reales como nuestras conversaciones de niñez y esas creencias algo surrealistas con las que teñimos nuestros miedos y nuestras ingenuas cicatrices, tan parecidas a las de Daniel, Roque y Germán.
Porque nuestras cicatrices también saben a sal, y nuestros amigos nos ayudan a entender el universo.
Para quien se aventure a pasar por sus páginas, Daniel y sus vecinos se convertirán en unos de esos personajes que trascienden los libros, que cobran vida y se convierten en ejemplos de la buena literatura hecha sin ruido, sin pretensiones, alejada de modas y corrientes estéticas, tan solo con un castellano soberbio y con un amor infinito por la naturaleza y que consigue comunicar con la sencillez de un escritor que lleva en la sangre sus historias y que alcanza la talla de una obra de arte sin ninguna duda.
Creo en definitiva que es la novela ideal para iniciarse en la lectura no solo de Delibes, sino en la gran literatura sin asustar, como una apuesta segura.