sábado, 2 de julio de 2011

Un día que me esperaba a mí mismo - Miguel Ángel Ortiz Albero


Un día,  allá por  enero de 1915 un sargento de artillería conoció en un vagón de   tren,  en un viaje de Niza a Nîmes, a una hermosa mujer:

Un flechazo, que no sería más que una anécdota cualquiera si  ese soldado no fuera Guillaume Apollinaire, y ella Madeleine Pagès, su musa durante los duros años de una guerra que acabo por matarlo.

Miguel Ángel ha construido la historia de ese amor   en una suerte collage melancólico y evocador.  Con  la voz del narrador   va  pintando con palabras esos días oscuros, de belleza tétrica y olor a muerte,  con la mirada siempre vuelta a  la mujer amada, al cuerpo deseado, al  alma compartida.

"Grito Guillaume el nombre de ella, a primera hora de la mañana, y el eco de las trincheras le contestó que ella lo amaba a él"

Guillaume Apollinaire era ya una figura reconocida y popular. Desfilan  en la narración muchos de intelectuales de primera fila citados como de pasada, sobre todo en la descripción de esos objetos-fetiche que ayudan al  narrador a  recordar los detalles de  la vida que, en esos días terribles, llevaron uno junto al otro en las trincheras. Porque el narrador, Berthier, es el fiel amigo y confidente de Guillaume, y al que Madeleine encarga este álbum de recuerdos que le permitirá aferrarse al amor perdido tras ser herido en el frente por una esquirla de metralla que atraviesa el casco y que cambiara todo y lo alejara de ella, muchos años después de que su historia de amor terminará.

El relato se construye con capítulos cortos en los que el narrador presta su voz, y describe las conversaciones, las situaciones, las cartas escritas, las fotografías recobradas  y las imágenes congeladas en  la memoria, los poemas, los dibujos y recuerdos conservados por amigos y conocidos. El lector erudito y conocedor de la obra del poeta  entrevera la voz real de sus escritos,  en ese juego que se  nos propone , pero no hace falta  reconocer las palabras originales  rememoradas, porque  el relato es autosuficiente en si mismo en estas escenas y sentimientos recobrados con  el tono sepia del pasado.

Conoceremos la guerra en su versión más dura, en sus momentos de agonía y las pequeñas alegrías que proporciona el evocado recuerdo de su Madeleine amada y la pasión desbordada que le inspira en el descanso en las trincheras llenas de barro y con olor a muerte y ruido de la guerra.

"Y no podía dejar, Guillaume, de cantar, de aullar, para ella, al ritmo frenético de las esquirlas de los obuses y al ritmo de los zumbidos de las balas que no eran sino ritmos del corazón y de la carne"
 
Mientras, en ese telón de fondo que es la guerra, por que es esencialmente  una  historia de amor,  no se escamotea el sufrimiento y el dolor, no se idealiza  el arrojo,  ni a sus muertos, ni la mezquindad de quienes hacen negocios a su costa. Los devenires cotidianos del día a día en las trincheras y en el campo de batalla,  nos aparecen sublimados,  convertidos bajo la mirada del protagonista en objetos poéticos, casi hermosos,  pero así nos  descubre tal vez mucho mas que si la  descripción fuera objetiva y fría y meticulosa .


Describe los detalles con minuciosidad exquisita:  los dibujos, las fotografías, los poemas, objetos personales guardados como recuerdo, con el detalle del documentalista, pasajes que contrastan con el resto del texto hasta tipográficamente
.
El sonido de los obuses, el vuelo de los aviones,  son  transmutados en música,  en el un entorno casi  encantado entre la niebla y los gritos de los agonizantes, que parecen dejar entrever imagines oníricas, en esa pesadilla desde la que se recuerda:
 " LA CARROÑA APESTA pero el cielo está precioso así,  repleto de aviones de cristal que no son sino frutos dulces como las nubes blancas y redondas"

No hay concesiones  en esta  visión  poetizada de un sufrimiento terriblemente humano y sin sentido, solo soportado porque ella, Madeleine,  una y otra vez evocada como asidero de esperanza, como refugio al que huye, esta ahí.:
"Y, pese a todo, los atroces resplandores de los disparos, cantaba Guillaume, añadían claridad a los  ojos hermosos de Madeleine, a sus negros cabellos. Porque el proyector del corazón dirigía, al cielo el fulgor del faro-flor que era el amor que él sentía por ella".

EL conjunto del libro es una obra  bellísima, con una cuidadísima edición. De forma aislada los capítulos tienen significado independiente, en una suerte de poemas en prosa, pero no pierden nunca el hilo argumental que conduce al desenlace final,  o al principio donde volvemos en los últimos párrafos.