martes, 15 de mayo de 2012

Uno para leer por fragmentos: Crónicas del Savoy - José Luis Alvite


Hay libros para degustar  en dosis  medidas, para deslizarse entre sus páginas  midiendo los tiempos con cuentagotas y buscando el momento apropiado del día, porque  sus imágenes entran como puñetazos en la imaginación y corres el riesgo de quedarte  noqueado. Las crónicas del Savoy de José Luis Alvite es uno de esos de  ellos. En realidad no es mas que una recopilación de colaboraciones para radio y prensa  pero ha conseguido crear en ellas un universo canalla y decadente. 


¿Qué es el «Savoy»? Comercialmente, un local nocturno, una mezcla de music-hall y casa de comidas, «un poco de luz a oscuras» en medio de la gran ciudad por el que desfilan tipos corrientes y fulanas pasmadas, coristas y matones, músicos y actrices, y sobre todo, esa clase de hombre para quien la muerte no es más que una mala postura con la que matar el rato. A menudo la cena es más dura que la vajilla y la vajilla mejoraría si la limpiasen con el mismo esmero con el que suelen limpiar los ceniceros. En una ocasión el reportero Chester Newman me dijo que «el Savoy es una manera feliz de sobrellevar la tragedia, algo a la vez terrible y memorable, esa especie de sublime peso que notarías si se te cayese encima un avión cargado de palomas».

Es indescriptible la belleza con la que traslada al papel el baile de los malditos, esos personajes que solo viven en la literatura: autodestructivos y  marginales. Eternos perdedores que vencen la resistencia de la memoria y la mezquindad de la marginalidad. Tienen estas pequeñas  crónicas una enorme plasticidad  cargada de sensualidad que te hace oler a través del papel la neblina  de un ambiente cargado de efluvios de tabaco y alcohol, el sudor que transpiran cuerpos decadentes y marchitos resignados a ese rincón  en el que han enterrado unas esperanzas que nunca tuvieron. Desde la frontera que nos significan las letras negras sobre blanco papel,  envidiamos las existencias sórdidas de mitos que son estos protagonistas del desengaño y el fracaso. 

Es un libro para leer por la noche, cuando estamos entreviendo el sueño y la laxitud te languidece el alma. No le encajan a estas historias del Savoy   la luz directa ni los perfiles nítidos. Hay que leerlo en estado brumosos, imaginando  el humo en los ojos, respirando el aroma de la ginebra en el aliento de la voz ronca de quien te relata las aventuras de personajes imposibles, con un fondo de música lánguida de jazz. 

No es un libro para leer de forma intensiva, porque es en realidad un libro de poemas en prosa, poemas sucios y  oscuros. Se repiten las imágenes que construyen el edificio de un universo degradado,  las mismas obsesiones: el jazz, el sexo, el alcohol, el fracaso, las drogas, la muerte, la enfermedad, la violencia, la muerte. De vez en cuando mete alguna  pincelada de  la actualidad del momento en el que escribe, pero nada que consiga romper la magia de sentirte transportada a un cabaret de mala muerte, donde los vagabundos solidarios: putas,  boxeadores sonados,  mafiosos de poca monta, escritores fracasados, músicos en horas bajas,  se refugian para recordar tiempos mejores. 

Metáforas imposibles y deslumbrantes ( mataría porque fueran mías), evocadas  entre el sueño en un ambiente sólido y espeso  por el humo, rotas de repente por algún comentario obsceno que curiosamente no suena a tal, pero que nos mantienen anclados en  una realidad expresionista de rostros de  mujeres que recuerdan ya ajadas lo hermosas que fueron, las hazañas de los  pequeños gansters sin  piedad,   de una violencia recordada  con romanticismo desde la impotencia de lo que ya se fué y no volverá



Y lo mejor, el libro viene acompañado de un CD con historias narradas con esa voz ronca y oscura y fondo de jazz que le da el tono justo de entonación y ritmo.  Una vez oído, cuando lo lees  ya no puedes olvidarla y las palabras se deslizan  en la imaginación cargadas de vida.