martes, 25 de octubre de 2011

El salario del miedo



El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar. Fuego en el culo, y no poder correr. Solo que el miedo se puede rechazar; una carta de recomendación para el Diablo, y se rechaza. Pero sigue esperando en el umbral. Se acomoda detrás, en el tanque de nitroglicerina, y acecha desde allí. Se lleva bien con esa sopa de muerte repentina. Como un par de gatos, una pareja de tigres que fingen dormir para elegir mejor el momento. Pero, si el explosivo salta primero, El miedo se verá burlado, tendrá que irse con las manos vacías, habrá llegado demasiado tarde. Y sin embargo allí está, agazapado a tu espalda, con las ruedas traseras bajo su vientre de animal azul, de verdadero apocalipsis; allí está, dispuesto a saltar.
EL salario del miedo es una de esas novelas que va asociada de forma inseparable  a la película  que inspiró  en 1953 a Henri Georges Clouzot y  protagonizó Yves Montand.  Su autor,  Henri Girard, que escribe esta novela con el seudónimo de Georges Arnaud, merecería el mismo una novela sobre su vida. El salario del miedo tiene un componente  autobiográfico que fue la base para escribir esta historia apasionante. Hijo de buena familia, con un pasado oscuro,  durante una temporada vivió un contexto muy similar a la de los aventureros descarriados de esta aventura, ejerciendo entre otras la profesión de camionero.

La  novela y película son magníficas. Sin embargo, creo que es imposible captar todo lo que contiene  en su adaptación  a la pantalla. Hay en ella mucho sugerido, mucho matiz a descubrir, en la construcción de ese mundo degradado y marginal, poblado por exiliados que vegetan sin esperanza en esa extraña comunidad de lumpen en el poblacho de las Las Piedras. Hombres que han huido de delitos en  momentos de crisis  personales, ahora   ya no tienen más esperanza que escapar a costa de lo que sea,  vegetan  a la espera de un golpe de suerte que los saque del infierno del tedio.

Con una anécdota mínima,   el texto contiene una enorme  cantidad de facetas que no se agotan en una sola lectura, que  dan a la historia   una gran variedad  de interpretaciones y lecturas según la clave con la que la miremos.  

Una compañía petrolífera necesita llevar a un pozo,  que se ha incendiado en mitad de la selva, un camión con nitroglicerina para apagarlo. El traslado del inestable explosivo  es una muerte segura para quien se arriesgue a transportarlo a traves de carreteras  llenas de obstaculos.  Para ello, contrata entre un grupo de desesperados refugiados europeos,  a los choferes de dos camiones  que deberan llegar en un tiempo limite al yacimiento   en un viaje en el  que cualquier contratiempo provocará el desastre.  Sus vidas no importan a los ejecutivos de la empresa americana, solo la misión.  Por eso es entre los deshechos humanos,  hombres prescindibles,  donde buscaran a los conductores. Es la última oportunidad  que tienen, su  única esperanza la para la huida, aunque esta sea  siempre acompañada de la muerte como copiloto.

No hay más en la trama principal, solo el viaje infernal, su carga de muerte y  los obstáculos del camino.  Y un destino inevitable.


El lugar en medio de la nada, en el que viven estos apátridas, transpira esa sordidez de los desesperados, la brutalidad de las grandes empresas petroleras, el racismo y la soledad de unos hombres que se limitan a sobrevivir con la esperanza puesta en salir de esa  prisión personal a la que han llegado por error. Este ambiente de desolación y marginalidad, estos hombres poseedores de todos los vicios, separados apenas por una fina línea tanto de los triunfadores que son los directivos de la multinacional, como de los nativos del pueblo,  a los desprecian con la superioridad de los blancos en un mundo subdesarrollado, estan dibujados con una maestría y sobriedad que atrapa desde el primer momento. Los personajes se mueven entre el alcohol y la droga, entre el sexo mercenario de mujeres también derrotadas, grotescas y  la violencia que brota  en discusiones absurdas, entre alucinaciones provocadas por paraísos artificiales o por el cansancio y el stress de la impotencia, y que mas tarde,   que adquieren matices proféticos. La muerte que ronda entre los tragos y acompaña en  los caminos.

Sorprende que una historia tan claustrofóbica, tan agobiante, se lea tan fluida,  atrape desde la primera página sin decaer, que sea tan fácil pasar de los matices mas  canallescos a los mas épicos. 

El universo femenino esta al margen, es un mundo de hombres.  La mujer aparece solo cosificada, es  una moneda de cambio o  una huida momentánea. El protagonista sobrevive gracias al único ser hermoso que aparece y que es su animalillo, a la que usa como moneda de cambio, pero poca más entidad adquiere fuera de esa pasión desmedida que siente  por un chulo  que solo se crecerá ante  la esperanza construida sobre el miedo.

Porque lo que domina todo el relato es el miedo: a quedarse anclado en la cloaca que es el poblado en el que cada uno saca lo peor de si mismo,  que provoca toda serie de sensaciones: pánico, subidon de adrenalina. Es el enemigo a vencer, siempre presente, siempre viajando en asiento de al lado. Ese mismo terror que mantiene a los personajes en el limite,  convierte en héroe de tragedia clásica  a un Gerard que es un  ser sin sentimientos. Le empuja a ver como  su espíritu depredador, que tiene solo el objetivo de conseguir llegar y obtener así su billete  para escapar,  se convierte en el motor para trascender y elevarse por encima de los otros personajes. Porque solo él es capaz de superarlo y de usarlo como alimento para conseguir su objetivo arrasando con todo lo que se pone en el camino. El miedo convierte al camión en un ser con alma, con voluntad, lo dota de la personalidad que arrebata a los hombres que lo conducen, es un Dios que todo lo domina.

Hay un fuerte contraste entre lo sórdido de la situación y una suerte de vuelo lírico con rasgos surrealistas en la forma que da a la narración un tono de epopeya casi mítica.  Es la lucha contra el destino cierto, el hombre frente a lo inevitable. 

Me parece una de esas novelas que una vez la conoces se convierte en esa suerte de biblioteca íntima y en un clásico imprescindible.


2 comentarios:

Andromeda dijo...

Cuánta pasión en esta reseña, Julia, y qué buenos libros has estado leyendo. El tema de esta obra me recordó al de La vorágine, de José Eustasio Rivera: escenarios hostiles que absorben y anulan.
Un abrazo.

Julia dijo...

Andromeda, solo reseño lo que me gusta y lo que me llega, lo que no termina de encajarme simplemente lo abandono o lo aparco para otro momento si me gusta pero no va en paralelo con mi estado de ánimo.

¿ Para que perder el tiempo con lo que me hace pasar mal rato?